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La fotografía es una suerte de énfasis, una copulación heroica con el mundo material. -S. Sontag-
Fotogalerías
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LeerePsicólogo pregunta a paciente:
-¿A quién engañas?
-A quien engañas.
-¿Por qué te engañas?
-Porque te engañas.
-¿A dónde vas?
-A donde voy.
-¿Qué es?
- … se sabe perfectamente. El día y la noche. La soledad y la compañía. El calor y el frío.
-¿Alguna vez te ha obsesionado algo?
- ¿Tú qué crees? Sufro, sufro, sufro, me embriago….
-A. Baricco, Océanomar- (¿Sí era él o era yo leyéndolo?)
Un día encuentras la necesidad de pertenecer a algo. Volteas hacia atrás y descubres que tu predilección por la vida ha sido el sometimiento perenne a una fuga de talante heroico, epopéyico, pero tan vacío como una habitación de paredes color rosa.
Un día te levantas y descubres las ojeras aguzadas que rodean tu mirada apagada. No tienes ganas siquiera de echarte agua para aflojar las lagañas de las horas mal logradas de sueño. Rememoras la noche y te ves bebiendo una y otra cerveza, hasta que la mente te pinta una sonrisa y empiezas a actuar como una imbécil.
La era digital te tiene realmente afectada, eres esclavo de un monitor descolorido, de un teclado que en algún momento pareció blanco y ahora se asemeja a ti.
Un día descubres que tu vocación no es ninguna, que en la vida ciertamente no hay nada que te guste como para someterte a ello para siempre. Desprecias tu labor de camarera, pero a la vez te apasiona sentirte obrera cuando ejerces tu fuerza física y tu amabilidad a cambio de unas monedas. ¿No es acaso similar a la prostitución? Te importa poco a estas alturas.
Te levantas temprano (hacía cuánto tiempo que no lo lograbas?), te duchas y te arreglas para compensar un poco ese aspecto tan desabrido que se empieza a covertir en tu semblanza común. Te bebes un café con sabor a chamuscado y sales corriendo a la estación de tren para viajar más de una hora.
Llegas a la institución, donde hace frío. Nunca te ha gustado el frío, y en ese lugar lo resientes mucho más.
Caminas con paso arrítmico, agotado. Cerca del aula donde tendrás que aplanar el trasero por hora y media, esperan tus compañeros de clase, nerviosos, leyendo y releyendo textos teóricos tan poco entretenidos como una máquina de empacar embutidos.
Se debaten, se preguntan los unos a los otros, que si Finck dijo esto o aquello, que si Talbot prefería la exposición prolongada, que si el profesor sufre de amnesia.
Tu los escudriñas, gélida: sus caras son un espejo de ti misma, te dices recordando aquel proverbio de origen chino que Internet llevó a tus manos con características kitch.
Respondes el examen con poco interés, juegas un poco a la ruleta rusa, pero ya no te interesa. Cuestionas una vez más por qué no naciste en una familia de hippies.
En el autobús que te lleva a la estación de tren te preguntas sin podrías convertirte en artista. Piensas en el par de murales que has hecho, en las esculturas poco logradas que te salen de la miga de pan, en las fotografías fragmentadas con poética de celulosa. Y te das cuenta de que lo único que quieres es no sentirte apresurada, asfixiada por el tiempo.
Estás hasta las pelotas de la rutina, de la jornada, de la necesidad de esforzarse por cosas que podrían tener pocos beneficios.
Y nadie lo entiende porque todos saben que todos son capaces de hacerlo todo si para ello se pone todo el empeño.
Pero la palabra empeño sueles asociarla con la idea de vender tu saxofón para pagar la deuda que tienes con el banco.
Una vez más, te desvías del aula de clase para ponerte a escribir o a flotar un poco por el universo gris mientras una voz de progre te susurra en el oído.




